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Lo que enseña el Líbano al Oeste

Martino Diez | lunes, 29 de marzo de 2010

El 25 de marzo de 2010 es un día especial en el Líbano: por primera vez, en efecto, cristianos y musulmanes celebrarán juntos la Anunciación, el día que conmemora la visita del Ángel a María y la "noticia" de que se convertirá en la madre de Jesús.

Un paso y una experiencia vivida por los libaneses que ha de enseñar algo también fuera de Oriente Medio.

Cuando como Oasis, en noviembre pasado, hemos encontrado en Beirut a Mohamad Nokkari, entre los que han ideado la nueva Fiesta Nacional islámica-cristiana, este shaykh musulmán nos había hablado acerca de las no pocas resistencias que la propuesta estaba encontrando. En los meses siguientes, sin embargo, la iniciativa ha sido asumida por el Consejo Nacional para el Diálogo y, en conclusión, oficialmente aprobada por el Consejo de Ministros, en la convicción de que una fiesta común puede aumentar el entendimiento entre cristianos y musulmanes, puesto a dura prueba por los largos años de guerra. La figura de la Virgen María es querida también para los musulmanes y en el Corán se encuentra un amplio relato de la Anunciación, aunque por supuesto los fieles de ambas religiones se diferencian a la hora de ofrecer el significado de este acontecimiento. Para los musulmanes se trata del anuncio del nacimiento de un gran profeta, mientras que para los cristianos es el primer acto de la Encarnación del Hijo de Dios. Evidentemente la iniciativa de la fiesta islámico-cristiana libanesa tiene también un valor político, vinculado a la búsqueda de nuevos equilibrios en el país, pero, por lo menos en el espíritu de los promotores, no se agota en un simple juego de alianzas.

Hasta aquí la crónica libanesa. Pero en este hecho hay un mensaje que supera los límites del pequeño Estado de Oriente Medio.

El hecho del mestizaje de civilizaciones se impone cada vez más como una evidencia. Crece la presencia de hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas: musulmanes ciertamente, pero no sólo, basta pensar en el rapidísimo incremento de la comunidad ortodoxa. El fruto de todo este proceso tumultuoso no está de ningún modo garantizado y necesita orientación, si no quiere ser reducido a una hibridación caótica. Es necesario encontrar las razones adecuadas para sostener el bien práctico de la convivencia y el primer instrumento es un reconocimiento recíproco. Valorar los puntos en común, incluso cuando la coincidencia no es total, hará posible una confrontación real de las implicaciones de cada posición (religiosa y laica) respecto a la concepción del hombre, del cosmos y de la sociedad y respecto a las razones que sostienen dichas posiciones.

La fiesta islámico-cristiana del Líbano es una invitación y un desafío en esta dirección, además de demostrar que las religiones son capaces de pensar y realizar el bien de la convivencia, anticipándose a la política, pero sin prescindir de ella.

El ejemplo libanés muestra que se puede encontrar un entendimiento sin “neutralizar” la propia historia.

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