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Las iglesias cristianas en los países árabes

Intervención de Mons. Maroun Lahham en el Consejo provincial de las hermanas salesianas, Amán 15 de octubre de 2013

Maroun Lahham | jueves, 07 de noviembre de 2013

En los últimos tiempos se habla mucho de los cristianos árabes y las iglesias en el mundo árabe. Lo primero que nos interesa decir es que quien desee conocer a los cristianos árabes y las iglesias en el mundo árabe debe interrogar a los directos interesados. Las bibliotecas están llenas de libros, estudios y análisis producidos fuera del mundo árabe: aunque puedan contener numerosos elementos correctos, están privados del respiro y del sentido árabe. Si quieres conocer a un hombre, el modo mejor es dejar que él hable de sí mismo. De manera que en este encuentro hablaremos de nuestras iglesias; y diremos que son:

- iglesias autóctonas;
- iglesias del Calvario;
- iglesias de la resurrección.

Iglesias autóctonas. Muchos se sorprenden cuando saben que existen los árabes cristianos y que son fundamentalmente árabes y no musulmanes que han abandonado su religión. No quiero alargarme sobre este punto, pero el hecho es que nuestros países conocieron el Cristianismo desde su nacimiento. Todavía no había terminado el primer siglo y nuestras tierras en su gran mayoría ya eran cristianas. Es más, fueron nuestros países quienes llevaron la Buena Nueva a los extremos confines de la tierra, hasta la India. El hecho de ser ciudadanos originarios significa mucho para nosotros, los cristianos árabes. Significa que somos autóctonos y que existimos desde antes del Islam. Esto nos da confianza y fuerza moral y ética, sobre todo si se considera que algunos movimientos islamistas que ha aparecido recientemente quieren negar este hecho y con grosera ignorancia piensan que Oriente es musulmán y Occidente cristiano. Sin embargo, es imposible negar el testimonio de la historia y sobre todo de los monumentos cristianos antiguos. Asimismo, debemos decir —y en voz alta— que nuestras iglesias han conservado su fe a lo largo de muchos siglos, en los cuales no siempre han tenido una vida fácil: han protegido los lugares santos con su existencia y sus oraciones, es más, han aceptado la nueva realidad que llegaba de la Península árabe, aunque a su pesar, contribuyendo en la construcción de la civilización árabe islámica desde su comienzo hasta hoy, en particular en la edad del Resurgimiento árabe (la Nahda) del siglo XIX. Los elementos que han permitido conservar la fe cristiana a lo largo de los siglos son dos: la liturgia y la educación doméstica. La liturgia porque toda ella —y los himnos religiosos en particular— está impregnada de los dogmas y se ha convertido en una parte de la vida cotidiana del pueblo cristiano, especialmente en los tiempos en los que era analfabeto. Y la casa, porque ha sido y sigue siendo la primera escuela de la fe.

Iglesia del Calvario. Cuando digo Calvario digo la larga historia impracticable y dolorosa que nuestras iglesias han conocido. Las iglesias de Oriente siguieron prosperando hasta la conquista islámica (siglo séptimo) y después de esta todavía durante dos siglos aproximadamente. En Umm Rasas cerca de Madaba existen ruinas de iglesias que se remontan a finales del siglo IX. Desde ese momento nuestras iglesias conocieron una situación nueva: se convirtieron en una minoría. De los quince siglos que nuestras iglesias han vivido con el Islam, algunos fueron positivos y otros difíciles, sobre todo el final de la edad abasí, fatimí (969-1171), mameluca (1250-1517) y, por último, otomana (1517-1918). A medida que estas épocas se subseguían, el porcentaje de cristianos árabes iba disminuyendo gradualmente. Es verdad que sólo raramente el Islam ha obligado a los cristianos a cambiar de religión bajo la amenaza de la espada, pero la cuestión de la jizya (el impuesto per cápita a los no musulmanes) y los otros tributos, las restricciones y la efectiva discriminación, sumado a la pobreza material, han hecho que el número de cristianos se redujese enormemente (eran el 80% en los primeros siglos del Islam, el 50% en los tiempos de las Cruzadas, el 20% en el siglo XIX, hoy el 5%).
A pesar de todo esto, la Iglesia no ha desaparecido. Es verdad que muchos han dejado el país y otros lo siguen haciendo, pero los cristianos que han perseverado en su fe han conferido a esta realidad un significado espiritual; la han denominado “la Iglesia del Calvario”, es decir, la Iglesia del dolor, de la incomprensión y la cruz, la piedra de escándalo de la que habló el Viejo Simeón; y el discípulo no es más que su maestro, como dijo el Señor. Sin embargo, la idea de que las iglesias cristianas en los países árabes son “la Iglesia del Calvario”, aunque sea hermosa desde el punto de vista espiritual y dogmático, es difícil de vivir en la práctica, en el día a día. Los cristianos son una minoría en todos los países árabes y su porcentaje oscila entre el 10% en Egipto y el l,2% en Palestina hasta llegar casi a cero en los países del Magreb. Vivir como minoría durante siglos crea una psicología “minoritaria” que no es agradable. La minoría tiene miedo, la minoría busca protección, la minoría adula a las autoridades en el poder para que le den garantías sobre la vida, la minoría exagera el mínimo problema y lo agiganta, la minoría tiene miedo de comprometerse políticamente, la minoría prefiere vivir sobre los dolores de los demás y tiene miedo de aparecer en el espacio público o de implicarse en la acción política. Y cuando algunos cristianos se implican en la acción política, lo hacen a partir de su pertenencia al partido, no de su pertenencia eclesial. (Permitidme decir aquí algo que excede el texto: La razón de este estado de cosas reside en el hecho que la Iglesia árabe nunca ha dado indicaciones a los fieles en este ámbito. Y aquí hay que decir que el primer líder espiritual que habló de los principios cristianos en el compromiso político fue el Patriarca Michel Sabbah, Patriarca de Jerusalén de los Latinos de 1988 a 2008. En efecto, la situación política, social y humanitaria en Tierra Santa interesaba tanto al ciudadano musulmán como al cristiano, al menos por lo que concierne a la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales, sin considerar los reflejos sociales y materiales de la situación. Por esta razón, el Patriarca Sabbah advirtió que su tarea era aclarar lo que la fe cristiana tenía que decir en esa precisa circunstancia histórica. Lo hizo mediante sus cartas pastorales, discursos y conferencias en Tierra Santa y en el extranjero. Las enseñanzas de la Iglesia en Tierra Santa, los principios que esas enseñanzas comprenden y sus aplicaciones prácticas a nivel de derechos y deberes, del derecho a la resistencia y del rechazo de la violencia, del atenerse a los derechos fundamentales denunciando la injusticia y llamando las cosas por su nombre, pese a todas las presiones, todo esto la Iglesia de Tierra Santa lo debe al Patriarca Sabbah. Fin de la divagación).
Iglesia del Calvario, sin embargo, no es sólo una cuestión de mentalidad (mayoría/minoría). Recientemente se han dado casos en los cuales algunas iglesias de ciertos países árabes han sido objeto de abierta persecución: el Líbano meridional en 1860, los asirios en Irak en los años treinta del siglo pasado, los coptos en la segunda mitad del siglo XX y todavía hoy. En cuanto a lo que está sucediendo en Siria, no hay duda de que [en principio] toca tanto al sirio cristiano como al sirio musulmán, pero al mismo tiempo los movimientos islamistas extremistas se las toman abiertamente con los cristianos.
Una de las consecuencias más peligrosas del hecho de ser Iglesia del Calvario, sufriente y pequeña numéricamente, es el éxodo de los cristianos árabes. Emigrar de por sí es un fenómeno propio de todas las épocas y de todos los países. Los cristianos de los países árabes lo conocieron a partir del siglo XIX. Las causas más importantes en el pasado fueron la condición económica en la temporada del dominio turco, en particular en Líbano, Siria y Palestina. Hoy está claro que los países árabes que viven una situación política difícil sufren una emigración más constante. Por ejemplo, el porcentaje de cristianos palestinos dentro de las tierras palestinas es del 1,2% mientras que el porcentaje de cristianos palestinos en los países de emigración alcanza el 10%. El aspecto más peligroso del fenómeno de la emigración es que los países árabes pierden sus elementos cristianos mejores, las personas jóvenes e instruidas, lo cual acrece la responsabilidad de quien permanece en patria para proveer al sustentamiento de ancianos, niños y jóvenes. Las diversas iglesias tratan de frenar el éxodo con varios medios: materiales, construyendo casas para las familias jóvenes y tratando de encontrarles un trabajo fijo (por poner un ejemplo, más del 30% de los cristianos palestinos trabajan en instituciones eclesiales) y escuelas de alto nivel (son decenas las escuelas y universidades en Belén, Amán, Ibilin, Beirut y Bagdad). Al mismo tiempo, tratan de subrayar que la presencia cristiana en los países árabes es una misión de fe que viene de Dios y que todos están llamados a vivir, a pesar de las dificultades. Algunos se convencen de ello, pero la preocupación por el futuro de los hijos es más fuerte. Al final las iglesias pueden hacer muchas cosas, numerosas actividades para fortalecer la presencia cristiana, pero no pueden sustituir a los gobiernos competentes. La solución ideal para frenar el éxodo sigue siendo recuperar la seguridad, la paz y la justicia, porque es erróneo pensar que quien emigra encontrará un trabajo y un futuro mejor.
Iglesia del Calvario sí, Iglesia del dolor sí, pero la cruz del dolor la Iglesia la lleva junto con el Señor crucificado y con la fuerza que proviene de Él. Las iglesias en los países árabes saben, dicen y repiten que Dios es quien quiso que estuviésemos en los países árabes para vivir nuestra fe y dar testimonio de él en el lugar y en el tiempo en el cual nos ha puesto. Si ha querido que fuésemos cristianos árabes es para que vivamos nuestra fe en la tienda árabe y entre nuestros hermanos compatriotas musulmanes y judíos. De lo contrario, nos habría creado cristianos en algún otro país del vasto mundo. Por esto, las iglesias en los países árabes viven su cruz mezclada con la gloria de la resurrección. Y así llego al tercer y último punto de mi intervención.

Iglesia de la resurrección. El primer fundamento de esta expresión es la fe. Nuestra fe cristiana nos dice, en efecto, que la cruz no es la última palabra de la obra redentora. La última palabra es la resurrección, que es el fundamento de nuestra fe. San Pablo dice: «Si Cristo no ha resucitado de entre los muertos, somos los más infelices de todos los hombres y nuestra fe es vana. Pero Cristo ha resucitado» (cfr. 1Cor 15, 14). Por esto repetimos lo que dijo el Papa Francisco el Viernes Santo de este año: «La muerte ya no es un muro contra el que se estrella toda esperanza humana, la muerte es una puerta por la que entramos en una vida de gloria». Y decimos: «Ser Iglesia del Calvario no es un destino ineluctable que hay que vivir cabizbajos, ser Iglesia del Calvario es nuestro camino para llegar a la Iglesia de la gloria, para compartir la gloria con Cristo después de haber compartido con Él su pasión en el Calvario”.
La nuestra es Iglesia de la resurrección también porque prosigue la misión del Señor en los países en los cuales su voz no cesa de resonar, en los montes y las llanuras. Continua la misión evangelizadora del Señor con la palabra explícita y sobre todo con el testimonio de vida. De hecho, testimonio de vida, como dice el Papa Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas Est, es más importante que el anuncio explícito, que algunas circunstancias hacen difícil. Continua la misión de Cristo con sus innumerables instituciones educativas, humanitarias, sanitarias y sociales: basta hojear el anuario del Patriarcado latino de Jerusalén. Y las otras iglesias no son menos.
Es Iglesia de la resurrección en sus parroquias activas en todos los países árabes y en la juventud comprometida. No sabríamos contar los movimientos apostólicos en las iglesias del mundo árabe. Trazaré un rápido esbozo de la Iglesia en Jordania: 40 sacerdotes, más de 150 hermanas, 60 escuelas católicas, 5 hospitales cristianos, numerosos ambulatorios, movimientos juveniles que agrupan a más de 3000 muchachos y muchachas, un número equivalente de scouts, un secretariado general para la juventud y otro para los scouts y las scouts, un secretariado general de los consejos parroquiales (con más de 150 miembros), un secretariado general para el movimiento de las familias jóvenes (más de 200 familias se reúnen cada martes), un secretariado general para los ministros del altar (más de 400), la asociación de madres cristianas (centenares), la Cáritas que ha 150 empleados y donde trabajan más de 1200 voluntarios. Nuestras iglesias están vivas y la vida es un sino de la resurrección.
Somos Iglesia de la resurrección por el papel profético que desempeñamos en los distintos conflictos que el mundo árabe vive en estos últimos tiempos. La voz de la Iglesia en Palestina y Líbano, en Egipto, Siria e Irak trata de ser la voz de la verdad. Una voz que invita a rechazar la violencia, las guerras, el terrorismo, el asesinato y la venganza. Una voz que invita a establecer la justicia, la justicia como la enseña la Iglesia a partir de la carta del Papa Juan XXIII Pacem in terris y que afirma que no hay paz sin justicia, ni paz sin amor, ni paz sin perdón y reconciliación. Si los países árabes siguen viviendo una situación confusa —esperemos que sea un duro paso hacia sociedades mejores— la razón es que el primer fundamento, que es la justicia, sigue ausente. La misión de la Iglesia en todos estos conflictos, después del llamamiento a la justicia y la paz, es actuar para la reconciliación y el perdón entre las partes en lucha. Se trata de una acción que pueden realizar sólo las iglesias cristianas, porque el perdón es fundamentalmente una categoría cristiana. En efecto, en la mentalidad islámica y en la judía encontramos raramente la invitación al perdón gratuito, dado y recibido. La mentalidad judía es la del ojo por ojo y diente por diente y en la mentalidad musulmana encontramos el proverbio de aquel beduino que, vengándose a cuarenta años de distancia del hecho, comenta: “Me he dado prisa”.
Por último, nuestras iglesias en el mundo árabe son iglesias de la resurrección por sus vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada. Si bien Dios nos ha hecho pasar a través de numerosas pruebas y crisis, nos ha ahorrado la crisis de las vocaciones. Nuestros seminarios cuentan con un buen número de estudiantes y lo mismo vale para los noviciados religiosos. Un número significativo de muchachas árabes ha comenzado a entrar en las órdenes, locales y foráneas. Es un don de Dios, por el cual le damos gracias.

Conclusión
Os agradezco que hayáis venido a Jordania para esta reunión. Os doy las gracias porque os interesáis por la situación de las iglesias en los países árabes. Esperemos que las llevéis en vuestras oraciones y vuestros pensamientos. Permitidme, para concluir, que exprese una observación que me adolora y adolora a todos los Obispos del mundo árabe. Los Obispos que trabajan con las comunidades religiosas en general y con las femeninas en particular tienen una impresión general dominante: obráis con caridad, entrega y fidelidad dondequiera que estéis. Pero cuando se toca el interés de la congregación, este viene antes que el interés de la Iglesia local. No queremos comenzar una discusión sobre este punto, porque sería larga y quizá inútil. Espero que podáis demostrarnos a los Obispos que esta impresión es equivocada o que se remonta al pasado y que el presente es, si Dios quiere, una verde primavera árabe para nuestros países, nuestras iglesias y vuestra congregación, y para todas las congregaciones en los países árabes y en el mundo.
Gracias.

Amman, 15 de octubre de 2013
+ Mons. Maroun Lahham

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